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La receta mas amable de Arguiñano

28 May

Cási todos los días veo el programa de Kalos Arguiñano en Telecinco (cambió de candena esta temporada y por eso en el canal internacional de televisión española ya no lo transmite).

No es una cocina la suya que me entusiasme demasiado, a veces hace combinaciones que yo jamas comería, pero me gusta porque es excelente comunicador, en este artículo del el diario venezolano “El Universal” explica que la cocina en España tiene nuevos ingredientes y efectivamente, escuchar a Arzak en su programa hablar del chocolate hecho con cacao Ocumare fue una sorpresa para mi, Eva Arguiñano ha usado papelón  para hace un melao en uno de sus postres, diciendo que era venezolano y lo maximo de la emoción fue cuando en noviembre de 2004 hizo la torta negra como maximo exponente de la cocina navideña de Venezuela.

Otra curiosidad de la familia Arguiñano es que mantienen una casa para cuidar niños en en barrio de Petare en Caracas.

En Petare funciona la casa-hogar Los Grillitos, fundada por Mirentxu Eguiguren con los aportes del célebre chef vasco Karlos Arguiñano, conocido por su programa de TV y por sus libros de cocina,.

La receta más amable de Karlos Arguiñano    ROSANNA DI TURI

El hogar de la solidaridad

 

En Petare aguarda un refugio para los niños más pobres, que tiene una historia inusitada. Los pequeños que allí reciben cuidados deben parte de esa iniciativa al mediático cocinero vasco, conocido en el planeta por sus programas de televisión, libros de cocina y su hotel-restaurante. La explicación de esta feliz iniciativa está en el temple voluntarioso de Mirentxu Eguiguren, coterránea del cocinero y su pariente política, que llegó hace 31 años a Venezuela dispuesta a socorrer a quienes más lo necesitan

Mirentxu Eguiguren tiene el vigor de un torrente. Sólo una comparación exagerada podría explicar la energía de esta vasca, que con igual intensidad llena de besos a los niños que están bajo su cuidado o expresa su rabia porque las finanzas no alcanzan para todas las carencias ajenas que quiere compensar. Con una voluntad sin fisuras, entra en el hogar de cuidado que dirige en uno de los barrios más pobres de Caracas, tiñe de besos a los niños del kinder y les recuerda que “quien no estudia, termina recogiendo latas”. Los pequeños ponen el gesto de quien no entendió el comentario. Ante la duda, estiran los brazos para recibir sus dosis de arrumacos.
La guardería solidaria que ocupa sus esmeros se distingue en esa calle del barrio, uno de los tantos en el enjambre de Petare norte. En la entrada aguarda un nazareno con muchas historias a cuestas y un ángel recuperado por Mirentxu y bautizado “el multiusos”: antes era querubín, pero un arreglo en las alas pone en duda si es ángel, santo o virgencita. (Depende de quien lo venere). También hay un letrero en la ventana que llama al asombro. “Esta casa fue creada gracias al aporte de la familia Arguiñano y el gobierno vasco”. Adentro del lugar cuelga una foto del chef vasco Karlos Arguiñano rodeado de pimientos y otra de su esposa Luisi, con un agradecimiento escrito en letra Pálmer.

CASUALIDADES SOLIDARIAS. Quizá, ése no es el entorno más previsible para una imagen de este conocido cocinero, uno de los más destacados de su tierra y rostro familiar gracias a sus programas de televisión y libros de cocina. Y aunque los esmeros de Arguiñano están concentrados en la nueva cocina de su tierra, en su página web y en un hotel-restaurante ubicado en el País Vasco, su nombre se recuerda en Petare por una buena razón. Gracias a su solidaridad, transformada en aporte monetario, se creó este lugar donde 240 niños de bajos recursos y en edad preescolar reciben atenciones esmeradas durante el día. Allí obtienen el beneficio de puntuales baños de afecto, agua caliente y jabón; clases, desayuno, almuerzo y la posibilidad de una amable siesta en las tardes.

Quién se pregunte cómo llegó Arguiñano a Petare el día de la inauguración de la guardería, o por qué su esposa Luisi viene una vez al año, tiene que buscar las respuestas en la voluntad férrea de Mirentxu Eguiguren. Esta vasca -de mirada clara, estampa práctica y temperamento de hierro- llegó hace 31 años a Venezuela como misionera en La Guajira. Desde entonces, decidió cambiar una vida holgada por la entrega tenaz y dedicada a ayudar a los necesitados de este país. “Soy un bicho raro”, admite. “Decidí echar la suerte por los pobres de este cerro. Me dije que si dejé mi país, tenía que ser por algo importante. Y sé que he sido luz para mucha gente”.

Con esa determinación sin cortapisas compró hace 10 años una modesta casa -un rancho para ser más exactos- y la convirtió en un lugar digno con tres balcones para recibir a la chiquillada del barrio. Para la adquisición llamó a su prima Luisi -esposa de Arguiñano-. También a su hermano y al gobierno vasco que la ayudaron con lo único que le faltaba a su tenacidad: el aporte monetario. “Lo hicieron porque tienen fe en mí. Y ellos están dispuestos a seguir financiando este sitio. Pero nos les quiero pedir más. Estos niños son venezolanos. El dinero tiene que venir de aquí”, dice con razón. No obstante, el cordón umbilical con los Arguiñano sigue presente. “Luisi viene todos los años. Karlos ha venido dos veces y se ha ido encantado. De hecho, en años anteriores el niño que más se destacara iba al País Vasco, invitado por ellos. A Luisi le encanta venir. Carga a los niños, los besa. Viene a gozar”.

Quien llegue a este maternal, puede entender por qué el viaje desde Europa tiene una gratificación en ese modesto rincón de Petare. Bajo un cielo de móviles de fieltro, aguardan los niños más pequeños de la casa, con la mirada limpia, disposición para el cariño y frescos gracias a un reciente baño. “Estos niños están como en el Country”, dice orgullosa Mirentxu, ante un balcón lleno de plantas, el piso limpio de cemento pulido y varias cunas que son un punto de honor para los que llevan más tiempo. Su orgullo se entiende, cuando se sabe que los niños provienen de las familias más carentes del barrio. Aunque ella pone una condición para recibirlos. “Aquí sólo aceptamos niños de madres que trabajan”.

Los pequeños no pueden ver a Mirentxu cerca. Enseguida llegan hasta ella que los recibe con un ritual necesario: los abraza, los besa y luego les hace un masaje en el rostro que ellos reciben con la seriedad de una bendición. “Este cariño es una semilla. A lo mejor, en algún momento de sus vidas, les ayudará a tomar la buena opción”.

VIENTOS A FAVOR Y EN CONTRA. El ánimo de Mirenxtu parece debatirse a diario entre la euforia de la esperanza y las asperezas de la realidad. Sabe la historia ingrata que tiene cada pequeño a sus espaldas -en sus casas, en sus esquinas, en el barrio entero-, y por experiencia conoce que eso suele imponerse al final. “Muchos caen. Lo determinante es su entorno. Ellos pasan aquí todo el día, pero cuando vuelven del fin de semana, todos llegan jugando a las armas. Si repartimos los números de juguete, todos agarran el siete, para jugar como si fuera una pistola”. Pero quien insista en el lado bueno de su balance, sabrá que su tenacidad ha tenido retribuciones. “Muchas mujeres a quienes he ayudado, han ido a la universidad. Yo he visto crecer a más personas con los ojos abiertos”, se precia cuando saca las buenas cuentas.

Mirentxu considera un agravio si la confunden con una monja, vive en el barrio y ha adoptado a tres hijos – uno de ellos ya estudia en un instituto universitario-. Aunque su acento vasco es tan tenaz como ella, se declara parte del pueblo. “He dejado de ser europea”. También se empeña en hablar de “nosotros” cuando de méritos se trata, porque esa casa-guardería depende en su cotidianeidad del apoyo la fundación civil llamada Luz y Vida, y del Grupo Esperanza.

Con su ánimo de ventarrón muestra la casa, bautizada Los Grillitos en honor a sus principales benefactores. “Así llaman a la familia Arguiñano, aunque en vasco se diga kirkillac”. También muestra un mural que pintó, dividido en dos partes: en una retrata el cerro; en el otro lado tiene pegada la foto carnet de cada niño, en una especie de ciudad. La pintura tiene un mensaje subliminal. “Yo les digo a los niños que ahora están acá, pero en el futuro vivirán en apartamentos”.

Arriba, la casa tiene una platabanda donde reciben clases los niños grandes que se perdieron los rigores de la escolaridad. “Muchos desertan de los colegios. Hay maestras que les dicen que no sirven: que nunca van a aprender. Eso los mata, hasta que alguien se lo saca del alma”. Desde el balcón, se divisa todo el valle de Caracas. Primero el barrio casi infinito, luego la ciudad, a un lado el Avila. “Dime si esto no es como una película”, reconoce con la energía característica. En esa platabanda ha organizado minitecas para recaudar fondos. Ahora se pregunta si un comedero les ayudaría a solventar las carencias económicas. Dado que -con razón- no quiere pedir más dinero a su tierra y que los recursos del Estado no llegan, se pregunta cómo mantener la tranquilidad de su prole. “Ahora estamos arrechamente mal. A veces siento que quiero tirar la toalla. Pero tengo que estar bien porque todos se apoyan en mí”. Dado que las buenas obras se alimentan de mejores intenciones, segundos después recuerda una ilusión que mantiene en agenda. “Mi sueño es crear aquí, en la terraza, un parque como esos que tienen en McDonalds, para que los niños tengan dónde jugar los fines de semana”. Ojalá su voz no se pierda en el horizonte de Petare.

Leer mas: Petare: laberinto de ladrillo en Caracas

 
Comments Off on La receta mas amable de Arguiñano

Posted by on May 28, 2005 in Venezolanisimos

 

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